Con el auge del movimiento pedagógico se
abrió un espacio para plantear alternativas y nuevas visiones de la educación
(Rodríguez, 2002). Durante más de veinte años diversos grupos pedagógicos en
nuestro país se han preocupado por explorar, discutir y proponer una mirada del
Campo de la Educación dando un aporte significativo y planteando diversas
alternativas que siguen en debate (Tamayo, 2004).
Estos aportes han incidido
positivamente, al menos durante algunos años, en las políticas educativas del
país, sin embargo ahora la política educativa se ha centrado en el llamado
“paradigma de las competencias”, ante el cual ya hay algunas reacciones, pero
falta replantear elementos para la construcción de una propuesta académica
suficientemente amplia, que ponga a prueba y contraste las actuales políticas.
De
igual forma, son ricas y variadas siendo asi las consideraciones pedagógicas,
pero limitados sus alcances educativos, a pesar de haberse dado ejemplos
valiosos pero aislados, ya que sigue predominando el paradigma de la
reproducción que se evidencia en las metodologías transmisionistas con fines
instrumentales, mas no de producción del conocimiento y transformación de la
sociedad.
Por
esta razón, se podría argumentar que los modelos neoliberales han sido tan
fuertes e influyentes, que resulta imposible superarlos en el terreno político
y que se carece de mecanismos para influir o contrarrestar la legislación, lo
cual puede ser parcialmente cierto, sin embargo hay otras situaciones que
merecen revisarse. Es posible, por ejemplo, que la relativa autonomía docente
no haya sido asumida suficientemente por sus actores para desarrollar las
diferentes propuestas, en parte por carencia de conocimiento de la misma, pero
también por falencia en los procesos de formación permanente y en las
motivaciones que permiten al maestro asumirla como posibilidades ciertas del
acto pedagógico, al maestro, pareciera darle miedo o tener poco interés en
innovar o que al querer innovar, en su soledad, deba enfrentar el rechazo y
dificultades propias de su institución (Álvarez et al: 2002, 28).
Entonces,
consideremos un aula cualquiera, en la escuela más cercana a este lugar; un
profesor y unos alumnos reunidos en clase. Pareciera un escenario convencional,
que encontramos con facilidad en cualquier rincón de nuestra geografía, en
escuelas, colegios o universidades, públicos o privados. El encuentro entre el
que enseña y los que aprenden en un lugar de estudio. Sin embargo es fácil
escandalizarse al recordar que en nuestro país existan entre un 6 y 21% de
analfabetismo, a nivel urbano y rural respectivamente, que solo uno de cada
cien escolares termine la enseñanza básica y que solo uno de cada mil niños
llegue a la Universidad, además de los universitarios, que solo 8 de cada mil
cursen un doctorado (Gaviria, 2003). Pero la educación no siempre fue así, era
peor.
En
efecto, hace tan solo ciento treinta y cuatro años, cuando se empiezan a
organizar los sistemas educativos en Europa y Norteamérica, en Colombia también
surgía en forma paralela a las grandes naciones, el Decreto orgánico de
Instrucción Pública establecido en 1870 dictando que la educación en nuestra
nación sería pública, gratuita, obligatoria y laica. Un experimento que culminó
no solo en fracaso, sino que generó además una cruenta guerra: la guerra de las
escuelas. Al terminar el siglo XIX se calcula que no pasaban de ser un 3% los
colombianos capaces de leer y escribir, considerando que esa sola habilidad era
ya de por si privilegiada.
En
aquella época el campesino e incluso muchos ciudadanos del común, de las clases
más numerosas y menesterosas, consideraban la educación una amenaza y un
peligro, amenaza por sacar del hogar un niño que colaboraba de forma
significativa en las labores productivas y peligro porque aquellos que se
educaban tenían tan pocas oportunidades de trabajar que se dedicaban a
tinterillos, aquel que esquilmaba al pobre ignorante que necesitaba tramitar
algún documento público (Rush, 1993:78).
Hoy
en día nuestros problemas educativos son diferentes, si bien cerca del 94% de
los habitantes de cualquiera de nuestras capitales sabe leer y escribir, ello
no significa que estemos en capacidad de convivir, estudiar, trabajar y
producir armoniosamente. Mejoramos el nivel de alfabetización, pero persiste el
“conflicto armado”, como se le llama a esta contemporánea forma de guerrear, y
además los niveles de violencia urbana llegan a generar más víctimas que la
guerra, ello sin contar las mártires del maltrato intrafamiliar (Franco, 2003).
¿Qué es lo que hemos aprendido?, ¿De qué sirve la escolarización?, ¿Para qué
estudiamos?
Entremos
a uno de los salones de clase. Suena la campana, entran en tropel muchachitos y
muchachitas regularmente vestidos, irregularmente alimentados y dispuestos a
aprender. Para la mayoría de los niños aprender es una habilidad innata, entre
más joven se es, más se aprende. Entra un profesor o profesora, aceptablemente
vestido y alimentado, generalmente un normalista o licenciado, raras veces un
especialista o magíster, dispuesto a enseñar. ¿Quién es este maestro?, las
indagaciones de la expedición pedagógica muestran que en la mayoría de casos se
trata de un maestro centrado en el aula, que desarrolla un tema, curso o área,
aunque hay también algunos que innovan en solitario o se ven motivados por
proyectos o grupos externos; ¿qué se enseña y que se aprende?. Por supuesto, es
variado y muy diverso lo que se aprende; fundamentalmente se logra aprehender a
leer y escribir, a realizar operaciones matemáticas y a conocer algunos
aspectos generales de la vida, nuestra sociedad y geografía (Álvarez et al,
opus cit.). Además se conoce algo de nuestra cultura, pero, ¿qué se logra con
ello?, ¿de qué sirve alfabetizarse?
Para
quienes experimentamos el aula escolar como espacio de aprendizaje antes de los
años ochenta en el siglo XX, generalmente hay más afortunados olvidos y
sinsabores escondidos, que bellos y cálidos recuerdos. Dicen que el 80% de lo
que “oímos” en el aula lo olvidamos y eso, más que una limitante, es posible
que sea un mecanismo natural de protección cerebral; uno no recuerda lo que le
interesa mejor olvidar. Ahora la educación ha cambiado.
En
los últimos veinte años hemos asistido al debate que ha dado el movimiento
pedagógico colombiano, facilitando una mirada crítica y muchas propuestas desde
diversas corrientes de pensamiento y experiencias educativas renovadoras que
han replanteado las miradas clásicas e integrado diversas disciplinas al campo
de la educación; gracias a ello y bajo su influencia el Sistema Educativo, ha
mejorado su cobertura y el nivel de permanencia, y además ha introducido
continuos ajustes programáticos y metodológicos a nivel de la educación básica
y media, pensados en la formación del ciudadano, como persona y ser social, lo
que ha influido en la formación y el trabajo docente; ello aunado a las
dramáticas dinámicas sociales de nuestro país, han aumentado la conciencia del
ciudadano sobre lo que espera de la escuela y la participación que en ella debe
tener; ha hecho que los padres se tornen más participativos y exigentes que
antes; con todo ello, el aula ha cambiado.
Por
lo menos ya no es el mismo lugar de autoritarismo, represión, castigo y
memorización, pero sin embargo, a pesar de un mejoramiento de las relaciones
profesor-alumno, los modelos de enseñanza, aunque han tenido cambios nominales,
en buena parte mantienen su estructura instruccional y sus métodos
reproductivos. ¿Cuál es el propósito de la experiencia en el aula?, ¿qué tan
benéficos serán estos cambios para la convivencia en este nuevo siglo?, ¿en qué
medida serán diferentes los colombianos del año 2020?.
En
el modelo instruccional, un profesor, institución o programa estatal
establecían unos objetivos de conocimiento en diversos campos del saber, y el
maestro era responsable de asegurar su trasmisión y lograr el aprendizaje de
determinados contenidos en los estudiantes. (Figura 1)
Figura 1.
El modelo instruccional
Este
modelo, llamado a veces “Pedagogía por objetivos”, programa los conocimientos
de acuerdo a taxonomías de enseñanza. En Colombia esta Pedagogía fue difundida
bajo las políticas de la “Alianza para el progreso”, el Plan Atcon y la Misión
Rockefeller (Aristizábal, 2003); que guiaron la planificación educativa en
Latinoamérica y cuyo mejor ejemplo son los “Principios básicos del currículo”
de Ralph Tyler (1949:133) y la implantación de la taxonomía elaborada por
Benjamín Bloom, (1971) que permite planificar la educación sustentada en tres
dominios de conocimiento: el cognoscitivo, el afectivo y el motor, acorde a los
cuales el profesor realizaba una programación de la enseñanza, estableciendo
los métodos didácticos adecuados para asegurar su logro, hecho que se
verificaba mediante exámenes de estos conocimientos.
Lo
que importaba en este esquema educativo era “entregar” el conocimiento,
transferir un saber para homogeneizar y tener certezas de qué conoce una
persona en cada nivel, el profesor asumía principalmente el rol de “mensajero”
que debía cumplir a cabalidad con su tarea de entrega, de tal forma que se
reprodujeran unos conocimientos específicos, un modo de pensar, una actitud
especial frente a ese saber y ciertas capacidades motoras afines. El afán
pragmático instruccional era tan específico que Bloom señala sobre la
comprensión:
Aun cuando el término “comprensión”
ha sido asociado con más frecuencia a la lectura... el uso que damos aquí es
ligeramente más amplio, al aludir a una gran variedad de comunicaciones, mayor
que la que abarcan los materiales presentados por escrito. En otro sentido, sin
embargo, tal como la empleamos, es de alcances más limitados que en su uso
corriente, pues no implica comprensión total ni siquiera la captación integral
del mensaje. Aquí incluye la captación de aquellos objetivos, comportamientos y
respuestas que representan la intelección del mensaje literal contenido en una
comunicación o mensaje. Al llegar a esta comprensión el estudiante podrá
cambiar la comunicación, en su mente o en sus respuestas de alguna otra forma
paralela más significativa para él. También puede haber respuestas que
representen sencillas extensiones del material que se transmite al estudiante
en la comunicación. (Bloom, 1971:77-78)
Como
puede verse el ánimo que mueve a la educación en esta concepción degrada la
comprensión al nivel de captación, lo necesario apenas para captar un
mensaje o incluso una de sus partes, lo suficiente como para que evoque la
respuesta y el comportamiento que se quieren inducir. La forma más explicita de
lograrlo era que el estudiante registrara lo que más pudiera en un cuaderno, lo
memorizara o relacionara con otras ideas y pudiera reproducirlo. La cultura del
cuidado, amor y respeto al cuaderno no tiene una mejor explicación. Eran tan
valiosos los cuadernos que una vez terminado el año escolar, algunos padres o
maestros los guardaban por años para preservar ese saber (que repetía
insuficientemente lo que el libro y el profesor decían) y que los hermanos
menores “aprovechaban” para sus tareas.
Treinta
años después, la Educación Primaria y Secundaria, así como la de muchas
profesiones, es ahora regida por la demostración del logro de “Competencias”
(saber hacer en contexto) en diversos órdenes (lecto-escritas, matemáticas,
sociales, ciudadanas, etc. o el Examen de Calidad de la Educación Superior
-ECAES-) que implican –supuestamente- la demostración de desempeños
especificados en tres subclases Bloomnianas: cognitivas, motoras y afectivas.
En
este enfoque se ha mantenido, la devoción a los contenidos arropados bajo el
suntuoso manto de las competencias, que mimetizadas “aseguran” determinadas
metas laborales como las dictadas por entidades como la Organización
Internacional del Trabajo - OIT para las economías del mundo dependiente
(Duccy, 1977). La mejor evidencia de ello, es el cuaderno, -sagrario de la
reproducción- que ocupa un papel muy importante en la práctica pedagógica de
muchos profesores y estudiantes, y que es tutelado celosamente por los padres;
donde la actividad más importante es “copiar bien” y donde lo más escaso y duro
es escribir libremente. La transcripción sigue pues ocupando un alto puesto en
la actividad escolar, con la dudosa ganancia tecnológica que ahora puede ser
digital.
Tanto
esmero en asegurar la reproducción de saberes, termina implicando un
pensamiento único, que homogeniza y promueve una dependencia hacia una sola
forma de ver y valorar la realidad, que expresan estos programas educativos,
con limitadas posibilidades de divergencia, crítica y análisis; pero algo peor,
que salvo o incluso a pesar de los esfuerzos que se hacen por promover valores
y culturas de nuestra propia nación, la identidad se ve debilitada ya que se
convierte simplemente en un saber más y no en una experiencia.
Los
conocimientos manejados como contenidos o competencias ven desdibujados sus
contrastes, enfoques, puntos de vista o interpretaciones, cuando son
presentados como verdades monolíticas y cuando se evalúan mediante exámenes
orientados a confirmar la capacidad de imitación de las ideas del profesor o el
libro. De esta forma a pesar que se diga estar desarrollando metodologías
dinámicas y que haya mayor flexibilidad de movilidad y acción del estudiante en
el aula, el hecho que se empleen más energías en validar saberes o
competencias, que en el acto de confrontarlas, da pocas opciones al estudiante
de comprenderlas. (Figura 2)
Figura 2.
El enfoque educativo reproductor
El
tipo de profesor visto con más encomio es el maestro centrado en el aula; por
ello en la escuela, el colegio y aún la Universidad predomina lo magistral, la
práctica pedagógica más común del enfoque educativo reproductor. El
conocimiento predefinido por otros, se reduce a información ajena y copiada,
retransmitida con escasa crítica, especialmente cuando se ignoran los
aprendices y los fines del conocimiento.
Por
ello es fundamental entender que no hay saber neutral. Toda forma de abordar un
conocimiento corresponde a una forma de pensamiento político, económico y
filosófico. Para comprender el sentido de la educación es necesario preguntarse
en cuál paradigma se inscribe nuestro actuar. El uso instruccional de las
competencias evidencia dos paradigmas educativos: el técnico y el pragmático.
En el paradigma técnico los fines están decididos (objetivos o competencias) y
el saber es considerado solo un medio para alcanzarlos (contenidos,
habilidades, destrezas), aplicándose sin discusión y aceptando la forma en que
nos es presentado el mundo, está predeterminado con base en necesidades o
intereses ajenos y desconociendo los nuestros. En el paradigma pragmático se
considera que la verdad (el conocimiento) debe comprenderse en un contexto
predefinido (las competencias) y su objeto (el saber) adquiere valor por sus
medios (didácticas) y sus fines (el mundo del trabajo), que debieran estar
fundamentados en la investigación científica (Serna, 2004).
La
educación concebida desde estos paradigmas no hace más que fortalecer el papel
reproductor del conocimiento que permite la conservación de la cultura
dominante y sus estructuras económicas y políticas como lo denunciara Pierre Bordieau
en su trabajo magistral la Reproducción. (1975) En palabras del pensador de la
educación Philippe Meirieu (2003) el paradigma de las competencias es un
“imperativo técnico, una herramienta heurística y un reduccionismo
intolerable”.
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